Me hubiera gustado verte
aunque eso trajera el caos.
Pero al final, la paz mental
es el mejor regalo
que podemos darnos, tú y yo.
Me exaspera
esta cantina de guerra
de emociones insípidas
que nunca llenan.
La reina del carnaval
no sabía si quitarse primero
la máscara o la corona.
Qué hacer, si no puede ser
para qué ir, si nadie se va a quedar
de qué hablar, si está todo dicho.
Gana la melancolía
a lo bonito.
Hice de este agujero
la tinta de mi tintero.
Evitamos el atajo
que llevaba al final
de otro nuevo precipicio.
La brecha vital
entre dejarse llevar por el viento
y tener que luchar contra cada ráfaga.
Siempre fue más fácil
huir por una puerta al pasado
que esperar a que se abriera una ventana
hacia el futuro por la que avanzar.
Estar juntos era como huir a otro universo,
pero ya no podían pagar más,
el peaje de vuelta a la realidad.
Prefiero enfrentar mis miedos
desde el abismo de la felicidad
que desde la burbuja que he creado
para mi propia seguridad.
Aunque un muro dividía nuestras aguas,
las noches de luna llena,
nuestras olas se mezclaban.
Mi vida
no descarriló
solo tomó un desvío
hacia vías con mayor estabilidad para mi tranvía.
Cuando en la noche no puedo dormir, pienso en otros futuros,
pienso en cada universo,
pienso en cada mundo
pienso en todos los lugares
donde estaríamos juntos.
Entré en guerra
contra mis propias excusas
que intentaban mantenerme a salvo,
de todo lo que implicaba
arriesgarme algo.
Para que cuando el cambio nos encuentre,
sepamos qué parte de nosotros queremos potenciar y cual dejar atrás.
Pensé que era lo mejor
que nos teníamos demasiado cariño
para hacernos tanto daño en cada despedida.
Caminar sin buscar nada más
que una canción nos golpee en lo más profundo, por puro azar.
Tu mente irá a algún lugar:
escapando a la nostalgia
o creando hacia el futuro
y en tu mano está
el camino que recorrerá.
Para cuando
las olas de mi interior se hayan calmado
y pase un invierno congelado,
podremos encontrarnos a mitad del frío que nos separa.
Aquel ser de luz
llegó a mi vida
dejándola como un árbol
tras el impacto de un relámpago.
A pesar
de que los dejé volar libres
tus recuerdos volvían siempre
a anidar en mi memoria.
Hablábamos sin usar palabras propias,
pero tomando prestadas las historias de poetas y cantantes
que recorrieron el mismo camino antes.
No pudiste florecer en el desierto,
porque tu siempre fuiste tormenta de arena.
Esta escalera que ya no sé
si sube o si baja
pero tampoco importa
porque he aprendido a esquivar
los escalones que me descalabran.
Cuando uno de los dos llega
el otro ya se ha ido
no son simples coincidencias
sino pasos a favor del olvido.
Abro mi mano al cielo
pero solo tres pájaros
alzan el vuelo,
los otros dos dedos se miran
buscando no chocar entre ellos.
Cuánto más se revolvía
y vueltas le daba
más adictivo se volvía
hundirse en esta nostalgia
de arenas movedizas.
Ahora que dejé atrás esta tormenta,
que me reconfiguró por dentro
y me hizo querer volver a empezar,
solo cargo con el peso
de mi propia responsabilidad.
Todos los pasos que trazo
todos dejan algo ir
solo llevo conmigo
lo que en el futuro
pueda existir.
El río murmuraba silencio
porque algunos trechos del viaje
no tienen afluentes en palabras.
Soñaba que su nueva casa
floreciera esta primavera.
Por eso arrojó al lago más cercano
las ramas secas de su alma,
que no habían superado el frío invierno.